Lo que trae el viento

Desde los remotos tiempos míticos de la humanidad, desde cualquier civilización, nos llegan noticias de la pregunta del hombre sobre el viento. Surge como el Eros que movilizó la primigenia unidad de un Todo a priori y la separó en partes generando con ello la diferencia, la vida y el movimiento.

Ya en la primera obra literaria de la humanidad que nos llega por escrito, en el Gilgamesh de Sumeria, Mesopotamia en el tercer milenio a.C., los vientos juegan un rol decisivo sobre los hechos. Igual en la Biblia o en el asirio Canto de la Creación

surgen como recursos divinos para premiar o castigar. También aparecen, entre tantas otras situaciones, como fuerza benigna o maligna, en las epopeyas homéricas. En las miniaturas de los códices medievales frecuentemente se presentan como voluntad del destino. En la gran pintura de los Tiempos Modernos, sobre todo en el Renacimiento, podemos identificarlos como poderes antropomorfizados, aunque comúnmente indiferentes al ajetreo humano.

Luego se presentan como signos de los temibles ímpetus de los amedrentados personajes en el arte romántico.

A pesar de estos ejemplos y de varios otros recorridos posibles, en ningún otro género artístico nos encontramos con el viento como metáfora de lo temible, de lo siniestro incluso de lo ominoso, del irracional peligro inaccesible e inexplicable con tanta frecuencia y fuerza como en el cine. Algunos pocos ejemplos para ello son Antonioni: “Blow up”, Shigada: “Onibaba”, Pasolini: “Apuntes para una orestiada africana”.

Pero si bien el lenguaje fílmico posibilita una formidable libertad expresiva, no obstante, en las películas tampoco aparece el viento, sino el efecto del viento. Llama la atención que filósofos se refieren al viento como representación de Dios o de algo inaccesible para la criatura humana. San Agustín en uno de sus salmos así se expresa:

“No es necedad imaginar el alma con forma de viento; no porque el viento fuera el alma, sino porque el viento es invisible, a pesar de que es algo físico y hace mover los cuerpos, se protege frente a la sagacidad de los ojos humanos. Es invisible el alma, por eso está bien imaginarlo como el viento.”

Bordeando lo invisible, como una especie de mensajero de los abismos, el viento no obstante se hace visible a través de la metáfora artística. De tal manera, la belleza por medio de sus símbolos, trae noticias de aquello que todavía no está “en la casa del hombre” y tal vez nunca estará. La condición finita del hombre hace que ansíe avanzar hacia el infinito pero a la vez que se aterrorice percibiéndola. La gran tarea del arte es ofrecer nuevas palabras para los nuevos intentos y así aumentar el espacio decible, el lenguaje, el habitar en este mundo sin precipitar, acercarse a la belleza celestial sin pagar un precio demasiado grande, sin poner en riesgo su ser.

Con cada nueva técnica nace una nueva posibilidad de generar nuevo lenguaje artístico. Pero este proceso no nace independientemente de los otros factores paradigmáticos del tiempo. El mito-religión, la tecnociencia, la filosofía igual que el arte forman y sostienen las barreras ontológicas, reconstruyéndolas con cada alteración, interactuando entre sí con la más diversa variabilidades. Un nuevo lenguaje ya habla sobre algo que no ha habido, sobre algo que a través de su acción y de su proceso creativo será parte de la realidad, pues no hay realidad fuera de aquello que el hombre puede decir. Con cada aporte tecnocientífico se provoca un nuevo lenguaje y un nuevo decir en el arte.

Entre tantas nuevas experiencias mencionamos el Proyecto Roden Crater (Arizonas, 1999), del norteamericano James Turrell. Su propuesta es generar un espacio, a partir de lo que ya naturalmente existe: las masas pétreas, el cielo, la luz del sol, la luna y las estrellas, y también la intervención de los vientos. La interacción entre estos elementos y la actividad creadora provocará un nuevo lenguaje, un nuevo preguntar del alma. Si bien civilizaciones pasadas han construido grandes estructuras valiéndose de estos elementos, es la primera experiencia donde la búsqueda estética se compromete con tanta fuerza con la ciencia y la naturaleza.

La estética digital por su específica materialidad tan semejante al viento, está en sus inicios. No obstante se puede vaticinar que como un lenguaje revolucionariamente nuevo podrá construir y hablar sobre aquello lo que hoy no hay pero está por ser dicho y con eso, existir. A pesar de que este vehículo y esta vía de búsqueda todavía necesitan mucho empeño, experiencia y creatividad para ser adecuadamente desarrollada, ya se entiende que en el futuro más cercano o más lejano su manera de poder comunicarse nos donará posibilidades nuevas para crear y conocer aquello lo que hoy todavía no existe.

Leave a reply