El mirar del deseo

Causante de escándalos y de la furia castigadora de la Inquisición, de amenazas y acusaciones, las obras mellizas de Goya, La maja vestida y La maja desnuda siguen causando inquietud y disputa. Su trayectoria de dos siglos se teñía con frecuencia de fanatismos ridículos o adoración casi obligatoria. Finalmente se convirtió en parte venerada del tesoro público hallándose donde corresponde, en El Prado. Una al lado de la otra, solas, luminosas y perturbadoras.

Goya pintó la “desnuda” entre 1779 y 1800, y luego la “vestida”, de 1800 a 1805. España para esta época ya es sólo un imperio de segunda categoría que fue desangrando en las guerras independentistas en sus colonias, para que en 1808 caiga desvalido frente a los ejércitos napoleónicos. No obstante en estas dos obras no dejan marca el presente abrumador y humillante, tampoco trasluce ningún vaticinio de un futuro catastrófico. A pesar de una belleza sumamente singular, hay algo en ellas se extiende más allá de un tiempo y un espacio definido y particular.

Pero ¿qué es lo que causó tanto escándalo y rabia?
Sería fácil y, a la vez, erróneo reducir el problema a la cuestión de la desnudez. Para esta época, Europa vio infinitos desnudos, y no sólo en la antigüedad grecorromana, o en las circunstancias impuestas por los episodios religiosos, como es el Infierno. En los Tiempos Modernos ya aparecieron bellas mujeres desnudas, ocupando el protagonismo casi exclusivo, como es el caso de varios lienzos de Velázquez o Tiziano. No importa demasiado que todas ellas fueron disimuladas de diosas u otras seres míticos, ya que en su desnudez tenían todos los atributos de cualquier desnudez terrenal.

El misterio de la figura del modelo también pudo causar irritación. Algunas voces hasta ahora insisten con la hipótesis de que ella era la duquesa de Alba, antigua familia de nobleza. Tal vez es más posible que Goya pintaba a la amante de Manuel Godoy, figura preponderante de la política monárquica. Sea así o de otra manera, sin lugar a duda, es digno para causar alboroto en varios niveles del reino y de la Iglesia. Pero este mismo affaire se hubiera calmado con los trágicos años posteriores. Pero no ocurrió así.

Eso sucedió porque precisamente no era el cuerpo -bello, sensual y radiante- que causó semejante reacción. Es verdad que Goya en las Majas logra crear el cuerpo femenino más hermoso no sólo de su obra, sino también una de los más bellos de la historia de la pintura mundial.

¿Por qué son tan bellas ambas figuras? No porque en si estos cuerpos sean superiores a los otros, miles y miles, que pueblan las pinturas de los tiempos pasados. Al esforzarnos, incluso logramos descubrir cierta imperfección, como es el caso de los pies demasiado pequeños, o una cabeza muy rígida. Pero es difícil ver tales “errores” en este mar de hermosura que palpita y hechiza.

Pero los ideólogos de aquella España atrasada no se irritan por el cuerpo. No es el cuerpo que causa el escándalo. No es el cuerpo lo que querían destruir, sino el deseo. Aquellos cuerpos, vestido o desnudo, son excepcionalmente bellos porque el deseo que se derrama de ellos es conmovedor y seduce a cualquier espectador. Es bella cada una de ellas porque es deseante.

El principal órgano erótico del humano es el cerebro, el cerebro que permite relatarse el deseo, a través del lenguaje verbalizar el deseo. Si recortamos de ambas caras los ojos, descubrimos que desde ellos brota más fuerza erótica que de cualquiera otra parte de su cuerpo.
Con esta operación descubrimos también que la mirada de cada maja es diferente: mientras la vestida pide ser desvestida para entregarse, para ser poseída por la mirada del Otro, la desnuda se precipita en el anonadamiento por sentirse poseída por la mirada, por ser vista en su desnudez.

Estos ojos representan el cuerpo. Estos ojos permiten y piden ser mirada en su deseo y mirar el deseo.

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