Dos mundos, dos respuestas

Dos autorretratos, dos mujeres, dos artistas… Estos hechos son las coincidencias. ¿Y las diferencias? Otras épocas, otras condiciones socioculturales e históricas, otras tendencias estéticas, otros lenguajes. Pero ambas decidieron dar un timonazo a su vida, y para seguir su vocación, abrirse a nuevos horizontes.

Judit Leyster, autora del óleo, nos contempla mientras pinta una pintura dentro de la pintura. Una leve sonrisa, una serenidad de aquellos que confían en su mundo porque su mundo les ofrece condiciones fructíferas para vivir y también para crear. Hija de la triunfadora época del siglo XVII holandés, y de la floreciente ciudad de Haarlem, cuando tenía 15 años y su padre entró en quiebra, decidió aprender un oficio para trabajar y ganarse la vida por su propia cuenta. Eligió la pintura y así llegó al taller de Frans Hals, su gran maestro; luego seguiría estudiando con Jan Miense Molenaer, quien será su marido. Su obra evidencia una técnica perfecta, un ambiente sosegado, un protagonismo digno de los nuevos tiempos.

Cada vez se escribe más sobre el papel de la mujer en la historia del arte, y se debate muy particularmente si había o no una producción femenina, si era mucho o poco y valiosa o insignificante. La verdad no está en ninguno de los polos: había siempre algo hecho por mujeres. Pero poco. No fundador, no generador de cambios paradigmáticos. Es lógico, pues para ser pintor, para ser artista se necesita una entrega total, no se puede hacerlo a medias.

Descubrimos en el siglo X, en España, a la monja Ende, ilustradora del Apocalipsis del Beato de Girona. Luego, en el siglo XII, la hermosa y visionaria monja alemana Hildegarda de Bingen, escritora y miniaturista. La paz y la contención de los monasterios pudieron ofrecer las condiciones adecuadas a algunas, mientras otras artistas y sus obras se perdieron directamente en las oleadas de las turbulencias de los tiempos. Con el advenimiento del Renacimiento se da el caso de las mujeres pintoras ejercitando el oficio bajo la sombra de un padre, esposo, amante, hijo o maestro, siempre de oficio de pintor. Recién a partir del siglo XIX, más bien en los movimientos vanguardistas del XX, se inicia una fuerte presencia femenina. Hoy ni siquiera nos llama la atención la presencia de la mujer en la plástica. En occidente… ¿y en otros mundos?

Lo que se sabe de aquellas regiones suele ser más folklórico o si se quiere, romántico y estereotipado. La foto es de Shirin Neshat, quien nació en 1957, en Irán, y a los 17 años decidió trasladarse a los EE.UU., donde reside y trabaja en Nueva York. Hasta 1998 sólo produjo fotografía, ahora hace videoarte y cortometrajes. Su tema central sigue siendo la mujer iraní: de imagen exaltada en la oposición del blanco y negro, cubierta con chador, algunas veces sosteniendo un arma, mientras las partes visibles de su cuerpo (manos, pies y cara) e incluso prendas, exhiben textos revolucionarios en idioma y tipografía farsi. Impostadas, bellas y ausentes son estas “mujeres de Allá”, son mayormente autorretratos de la propia Neshat. No sabemos si eso es la realidad de las islámicas, o sólo es la mirada sobre la realidad de la fotografía. El impacto sobre los espectadores occidentales era muy fuerte, pero no aportó nuevos conocimientos veraces sobre Oriente.

Quizás este camino, bifurcado entre Leyster y Neshat son las opciones posibles para el arte de la mujer: volcarse sobre un conocimiento sobre sí misma o construir al otro inaccesible, lejano.

Leave a reply