No es esto ni aquello

LA PREGUNTA INICIAL
La palabra ‘sagrado’, como Freud indica en su Tótem y tabú deviene de ‘sacer’, utilizada en la Roma antigua. “Por una parte, nos dice ‘sagrado’, ‘santificado’, y, por otra, ‘ominoso’, ‘peligroso’ ‘prohibido’, ‘impuro’.” Equivalía a la palabra ‘tabú” de los polinesios. Es lo contrario a lo común, a lo cotidiano, a lo aceptado. Pero ¿qué es lo que forma, lo que constituye lo sagrado? En general, la palabra ‘sagrado’ se utiliza como equivalente o por lo menos perteneciente al fenómeno de la religión. Sin embargo, el mismo uso idiomático, nos señala que esta palabra, ‘sagrado’, no siempre se aplica con referencia a la religión. ‘Tal cosa es sagrado’ suele usarse en contextos que aparente o realmente nada tienen que ver con lo religioso. Pero en las profundidades de tales expresiones siempre hay algo que se refiere a limites infranqueables. Por ejemplo, cuando se refiere a una costumbre dominical (ir a la cancha, comer determinado menú, etc.), cuando expresa una práctica laboral o profesional (cirugía, electricidad, mecánico de automóvil, etc.), cuando marca un pequeño acto (lavarse los dientes o las manos, respetar convenios sociales llamados urbanidades, etc.), cuando avisa sobre situaciones límites (la vida humana, las relaciones de la estructura familiar, etc.). La lista se hace muy larga, y a pesar de que es cambiante en cada contexto social, histórico y cultural, siempre en toda parte hay actos, fenómenos, personas, situaciones que se adjetivan de esta manera.

Pero ¿en qué coincide todo ello para ser calificado como tal?, ¿qué es sagrado en ello? Si se utiliza esta calificación en una amplitud tan grande, ¿se puede adjudicar lo sagrado exclusivamente a lo religioso o tenemos que repensar y reconstituir su significado?

LAS BARRERAS ONTOLÓGICAS
¿Qué es una barrera? La famosa metáfora de Kant nos ayuda acercarnos a una de las posibles respuestas. El filósofo habla sobre un ave que piensa ¡qué bien podría volar sin la resistencia del aire! Y Kant pregunta: ¿pero podría volar? Entonces, podemos decir que la barrera es algo que nos impide pero con ello posibilita a la vez. Todos anhelamos una infinita libertad, frente a los límites, impedimentos, dificultades. Nos sentimos frecuentemente víctimas de un encierro entre las prohibiciones. Pero ¿sin ellos, podríamos vivir? ¿Podríamos anhelar? ¿Podríamos vivir fuera de nuestra realidad? ¿Qué es la realidad?
La realidad no es un don de los dioses, no es una mala jugada del destino; es un camino descrito por el hombre, es su obra. A partir de su inteligencia y capacidad creadora de ver la esencia posible en lo dado, interpreta, inventa, reinventa y amplia la realidad. Si bien puede tomar caminos peligrosos, también con este posible convertido por él en realidad, hace más habitable lo existente. Allí reside su libertad.

Las barreras ontológicas son, pues, que surgen de la condición del ser. Posibilita e impiden. Impiden y posibilitan. Sin ellas la vida sería una constante precipitación en la nada, una vuelta sin cesar en la organicidad, una pérdida total e irreversible de la condición humana. Sin ellas el ser no se constituiría como ser.

Ahora bien, ¿de qué manera se crean estas barreras y cuáles fenómenos son sus componentes? Siguiendo la idea kantiana, en la vida humana ¿qué hechos generan la resistencia del aire? Y cuándo hablamos sobre esta metáfora, no podemos dejar al lado el ave que tiene la capacidad de volar, la capacidad de vencer la resistencia del aire.

El hombre es dueño de sus dones, de sus posibilidades de soportar, vencer y transformar, responder. Pero junto a tomar conciencia sobre ellos y conciencia de sí mismo, también percibe que en algún lugar se desvanecen estos dones, y allí comienzan los imperios de la nada, los abismos, los infinitos. El gran místico alemán, el Maestro Eckhart (1260-1328), víctima del primer proceso de la inquisición contra un pensador religioso de la Universidad de Paris, así se nos presenta:

El desierto, ese bien/ nunca por nadie pisado,/ el sentido creado/ jamás allí ha alcanzado:/
es y nadie sabe qué es. Está aquí y está allí,/ está lejos y está cerca,/ es profundo
y es alto, en tal forma creado/ que no es esto ni aquello.

Es luz, claridad,/es todo tiniebla,/ innombrado,/ignorado,/ liberado del principio y del fin,/
yace tranquilo,/ desnudo, sin vestido./¡Quién conoce su casa?/
Salga afuera/y nos diga cuál/es su forma.

En los albores de su historia, en el momento de haber desviado de su condición puramente natural e inicia su transformación en humano, el hombre empieza construir sus barreras ontológicas. Independiente de la raza, de la cultura a que pertenece, establece sus límites para defenderse de la nada y, al mismo tiempo, para poder contactarse con ella, para avanzar desde allí. Esta franja, la franja de la sacralidad, estas barreras ontológicas, no son territorios divinos: son, al mismo tiempo, sistemas defensivos y espacios de avance. El don supremo de la criatura humana reside en esta percepción y en la respuesta a lo que se percibe.

Es difícil hacer un orden cronológico entre los fenómenos que participan en la construcción de esta franja que divide y una el mundo del hombre y aquello que ya no le pertenece. No obstante se debe arriesgar un “relevamiento”.

LA PROMESA
La primera pregunta nace con el mito. Balbuceante, indemostrable, pero su valor precisamente es ser la primera. Tal Ícaro, se lanza. Es auto-referente, su estructura narrativa se quiebra permanentemente. Carece de lógica en cuanto la lógica es la cotegabilidad con el paradigma. En el mito sucede lo que y como no puede suceder. En esta rotura con lo que hay reside su aporte. Pone la base de la construcción del mundo sobrenatural. Las religiones, en su más amplia diversidad, parten de estos inicios míticos y construyen su metafísica. A su vez, instalan un código moral con las pautas del bien y el mal. De la interacción de estos dos fundamentos (metafísica y código moral) se articula la dinámica del premio y castigo. El hombre, solitario en el Universo, con ello tiene un porqué y un para qué, un sentido de vida, donde el oxímoron de la vida postmortem adquiere una lógica, un no fin.

LA METÁFORA
Partícipe jerárquico del universo simbólico, el arte une aquello que hay con lo que no hay pero lo transporta a lo existente. Puede funcionar como materialización de la idea religiosa (durante miles de años lo hizo) como puede existir independientemente de ella. No obstante, la creación artística siempre actúa como bisagra, como límite, como barrera. Barrera ontológica. Al decir con Pessoa
“El arte permite encausar la sensibilidad que la acción debió dejar de lado.
El arte es el alma de casa laboriosa que se quedó
entre sus cuatro paredes porque así tuvo que ser.”

El arte, creando desde esta casa, desde el mundo decible, permite abrir ventana para mirar hacia donde no se puede ir, pero así se sabrá más sobre ello. Hace accesible lo que no hay, se puede acercarse y se puede alejarse, pero contiene, pero permite y posibilita. Colabora con la grandeza del hombre sin cobrarle terrible precio.

LA PELEA
La ciencia, pelea. Avanza para responde a las necesidades existentes y creadas por el hombre. Siempre a su favor (la buena ciencia), siempre defiende su vida, su dignidad, su calidad de vida. Avanza sobre un camino que ella misma crea, con que contrae también problemas para resolver. La condición humana no es sólo una condición dada sino también creada. La ciencia se hace cargo de estos límites nuevos y pelea contra los nuevos peligros. Es un precio para pagar por forzar y aumentar los límites.

Y, OTRA VEZ, LA PREGUNTA
Pregunta, sin reaseguro; contesta sin auto-referencia. La filosofía es el contacto del hombre con los absolutos, para “mundear” (Heidegger) aquello que no hay, a través de la palabra. Pero esta palabra ya no es sólo testimonio del mundo ya construido, el mundo ya formado sino su palabra es la pura abstracción, es la luz que avanza hacia la nada pero deja el camino de las ideas para los hombres. Es el Gran Conquistador intrépido.

EL PRECIO DEL CRIBAJE
Sea en que instancia que sea, la creación es estar en la criba entre estas barreras y la nada. Por eso el creador es sagrado porque para poder hacer algo, para pujar los límites hacia fuera y con ello aumentar el espacio decible, se impregna de la nada, fundiendo su pensamiento con lo filosófico. Nada, Cosa, infinito, caos, lo real, “el desierto, ese bien nunca por nadie pisado”, el mundo de las brumas… ¡Hay tantos nombres con que el hombre intentó arrebatar su esencia!
El origen del arte es esta lucha por hacer mundo. Hay géneros artísticos que por su lenguaje y utilidad social se cubren y sólo con audacia analítica podemos descubrir este aspecto. Otros lo evidencian con mayor inmediatez. La literatura, la escultura, la pintura… Mas en nuestros días ninguno como el cine. El cine con su amplia y creciente gama de variedad lingüística, temática, tecnológica. Arte precoz, joven y maduro, a la vez. Arte como gran recipiente de la herencia de otros, y generoso para dar a luz descendientes, sin cesar. En el horizonte de nuestro mundo, ninguno como el cine habla sobre esta criba del hombre.

Algunas veces sólo veladamente sugiere los causantes de esta condición humana y esta realidad inexorable, y otras veces elige lo sagrado como núcleo temático. La lista de las grandes realizaciones de esta índole, es realmente extensa. Quisiera sólo mencionar algunas, entre tantas otras. El Sacrificio de Tarkovsky, El valor de la vida de Capra, El desierto rojo de Antonioni, Cuchillo bajo el agua de Polansky, Como en un espejo de Bergman. Los realizadores de todas ellas -evitando la trampa de la atractiva confusión entre la cuestión social y la problemática ontológica-, desde las fronteras que “no es esto ni aquello”, abrieron ventana hacia la nada, y como guardianes de la nada, hicieron posible un entendimiento mejor sobre aquello que somos y sobre aquello que con sus obras podemos saber algo más verídico y esencial.

• Freud, Sigmund: Tótem y Tabú, Obras Completas, tomo XIII, Amorrortu editores, Bs.As.,1980
• Zátonyi, Marta: en ¿Realidad virtual?, Editorial GK, Bs.As,, 2003
• Maestro Eckhart: El grano de mostaza, El fruto de la nada, Ediciones Siruela, Madrid, 1998
• Pessoa, Fernando: Libro del desasosiego, Emecé Editores, Bs.As., 2000

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