El posmodernismo y la metáfora

Contra una falsa dicotomía
El arte no es una alternativa contra o frente a la postmodernidad, sino un fenómeno que funciona como una constante con sus renovados significantes (que obviamente suponen y al mismo tiempo causan también renovación de significados), a lo largo del devenir histórico de la cultura, de la trayectoria humana. Porque los pueblos marginados, periféricos, hasta los pueblos ágrafos, también tienen literatura, también cantan, también construyen, también modelan… y aunque ellos por razones múltiples, no tienen la expresión postmodernidad o postmodernismo, también disponen de alternativas, dialécticamente opuestas, sucedidas en su historia y en su presente.

Con frecuencia se refiere al postmodernismo como enemigo del arte y, al mismo tiempo, como destructor (expresante de la destrucción) de la modernidad. Sin embargo esta tendencia no es una finalización o caída de la modernidad, sino una vitalización de ella. La modernidad manifiesta con este fenómeno (como ya ha demostrado tantas veces, en otras circunstancias también) su propia capacidad de génesis, su fuerza suficiente para corregirse y, según como estamos experimentando desde la década del ’80, puede aprovechar el discurso, la crítica y la enseñanza de la postmodernidad.
Es muy difícil determinar cuándo, dónde y de qué manera se inicia la postmodernidad. Podemos, si queremos, empezar con Nietzsche o incluso por Schopenhauer, desde la Filosofía. O con las obras de Gaudí, el arquitecto barcelonés; o si lo hacemos a partir de la pintura, podemos mencionar al grupo alemán Die Brücke. La postmodernidad no es un acontecimiento que se ha dado una sola vez (aunque su nombre se haya acuñado en las décadas de un pasado cercano), sino que podemos concebirla como un eslabón de un encadenamiento de sucesivas rebeliones, de posicionamientos contestatarios contra la estructura del poder que se yergue sobre los racionalismos, se escuda con ellos, y rápidamente va a parir su bastardo: una “racionalidad” dogmática, extraterritorializada y eternizada. Los ataques reiterados de los románticos ochocentistas hacia los llamados postmodernos o postmodernistas, que algunas veces combatían a esta “razón”, que ya obviamente deja de ser razón, pero otras veces demandaban por la demolición de todo lo que es racional, aunque sea creativo, fundante y -valiéndome de la terminología de Habermas- auotemancipatorio.

El proyecto del Iluminismo nace en el siglo XVIII y se desarrolla en los dos posteriores; desde su conformación dispuso de propiedades que hicieron casi inevitable en aquellos tiempos la sustitución de los cielos, del mundo sobrenatural y la vida postmortem por utopías terrenales. No obstante, la utopía más generalizada y más impuesta fue el Mundo Maravilloso de la Razón, donde todas las criaturas terrenales serán como estampas maravillosas, impresas a partir del Molde Perfecto, o directamente de La Perfección.

Las rebeliones contra la estructura del poder, cuando éste llega a cierto nivel de auge o por lo menos cuando se consolida mínimamente, actúan como antítesis. Algunas veces devastadoras otras veces generadoras; algunas veces la huída va a ser su única forma de reaccionar, otras, se metamorfosean en una vertiginosa creación de posibles. Es difícil saber de qué manera se ha significado la dialéctica de la Historia y, dentro de eso, la de la Historia del Arte (cada vez más demandante por su renovación y por un profundo cambio en sus relaciones con el mundo y con sus paradigmas) en otras culturas, tan diferentes a la cultura llamada occidental. Tampoco sabemos mucho sobre los recorridos de Islandia, Noruega o de Croacia, tomándolos como ejemplos. Pero sí sabemos que en la cultura occidental siempre existieron éstos gestos de rebeldía, incluso durante los miles de años anteriores a la llamada Modernidad, es decir, a los Tiempos Contemporáneos. Estos alzamientos -principalmente desde lo ideológico, artístico, intelectual-, levantaron la frágil bandera del sujeto y desde plataformas diferentes y de resultados también diferentes, atacaron el sistema establecido, donde el individuo, se ve sojuzgado a la reificación, condenado a renunciar a su inserción regeneradora, creadora. Su nadificación se evidencia con mayor claridad en el desvanecimiento, en la trivialización y directamente en la pérdida de la METAFORA.

El arte, en cualquiera de sus géneros, inmediatamente resiente esta banalización o esta muerte y no hay decreto, orden ni siquiera capitales que podrían revertir, por sí y en sí, este frustrante proceso. La rebelión postmoderna, frente a graves errores, despropósitos y falencias y entre grandes logros y aciertos, es destacable y loable por su propuesta de revalorizar la METAFORA.
Con candorosa ingenuidad (?) seguimos hablando sobre la postmodernidad, mientras en el mundo, más exactamente, en el “primer mundo”, ya hace tiempo que están pasando otras cosas. Aquí también. Porque ya la postmodernidad no tiene vigencia; impera el neoconservadurismo, que es una renovación y refortalecimiento de la racionalidad, en sus múltiples incumbencias, positivas o negativas.

A pesar de ello, la palabra optimismo no es una palabra milagrosa. Suele adjudicársele este significado como algo jubilomaniático, burdo, falso, acartonado y, en última instancia, divorciado de los quehaceres y las realidades de este mundo.
Pensar así no es sólo erróneo sino peligroso también. Ser optimista, significa serlo en sentido crítico, luchador. No puede existir un optimismo tonto, apaciguante, almibarado; el optimismo pone su voto en una forma de pensar, vivir y relacionarse con los Otros, de forma analizante y comprometida, como hijo de la razón pero también de la pasión.

No “Somos dioses al sentir pero mendigos cuando pensamos”. De ninguna manera. Somos humanos con nuestros atributos potenciales de crear pensamiento y sentimiento, pero somos divinos cuando eso lo llevamos a la creación de pensamiento y de sentimiento. La destrucción, desde este punto de vista, es la imposibilidad de hacer este paso, cuando el hombre se subsuma a las oscuras fuerzas de su condición animal. Parafraseando las palabras de Kierkegaard, ni los ángeles, ni los animales pueden pensar o sentir: no creen, no crean, no son creadores. Eso es nuestra propiedad por eso y para eso tenemos la palabra. Entonces, somos dioses de alguna manera cuando pensamos y lo somos cuando sentimos. Porque nosotros creamos nuestro universo y allí está la palabra CREACION. Porque cuando elaboramos el pensamiento, elaboramos el sentimiento y de estos dos, como alquimia, va a surgir un parto de fuego, un parto de montañas. Esta alquimia de pensar-sentir obviamente no es formalizable con una receta, no es traducible con ninguna fórmula. Pero ésta es la posibilidad humana, exclusivamente humana. Aunque una especie de ecologismo metafísico rezonga contra la idea de privilegiar al ser humano sobre los otros seres vivientes, y con eso hacen evidente su ominosa ideología de frustración y de desesperación, el hombre no puede y no debe renunciar su condición de creador. Con sus derechos y deberes.

Nuestra condición de creadores se materializa al mirar hacia aquello que no está dicho, que no está hecho, para decir, para hacer. Y con el gesto creador será dicho, será hecho. Eso es hermoso y conmovedor. Veamos una poesía de César Vallejos:

Hoy me gusta la vida mucho menos
Hoy me gusta la vida mucho menos,
Pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
Con un tiro en la lengua detrás de la palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!
Mis padres enterrados con su piedra
Y su triste estirón que no ha acabado;
De cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
Y, en fin, mi sér parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
Pero, desde luego,
Con mi muerte querido y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla… Y re-
pitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, y siempre, siempre!
Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda
al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.
Me gustará vivir para siempre, así fuese de barriga
Porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!

Y bien, no se puede decir que Vallejos es postmoderno. También algo parecido nos dice Camus sobre el hombre rebelde, o sea, quien puede decir NO. Y Vallejos, en esta poesía pone un enorme NO a la desesperación, pone un NO a las alegorías ahuecadas e insignificantes, pone un NO a la insensibilidad y a la negación de la vida. Sin embargo, allí reside la condición postmoderna (o lo que sea eso a pesar de ser denominado de manera distinta): la condición de las propuestas que se rebelan contra la petrificación de una estructura, contra la lignificación del pensar-sentir. Contra la inmovilización sistematizada. Cuando no reducimos lo postmoderno a algunos desbordes, a algunos gritos, a algunos exabruptos de las décadas pasadas sino lo observamos en su constancia metahistórica.

Porque si no, al pensar en la postmodernidad, debemos pensar que ya concluyó la modernidad. Y a partir de los últimos años de la década del ‘80, se experimenta, en todas las áreas artísticas (con muy diversas calidades, desde la arquitectura hasta el cine, desde la danza hasta el diseño gráfico, etc.) una pujante fuerza con que nuestros tiempos retoman las enseñanzas de la modernidad. Este paso, esta bisagra, si se quiere, se puede concentrar, simbólicamente, en las fiestas de París celebradas por el bicentenario de la Revolución Francesa. A pesar de que los tiempos actuales, sin lugar a duda provocan crueldades y desamparos terribles, pero tal vez ya no son inexorables los delirios utópicos, ya contamos con otros conocimientos y otras experiencias elaboradas, que quizás, si nosotros así lo queremos, ayudarán, junto a otros fenómenos, a evitar futuros Auschwitz.

Podemos criticar desde múltiples lugares a nuestra época. Hace 50 años ó 100, hace 200 ó 500, la condición para la gran mayoría de la población del mundo era mucho más cruel, mucho más despiadada. Nuestros tiempos nos ofrecen mucho más oportunidades. No se debe añorar ningún tiempo pasado sino conocerlo honestamente, hasta donde nos sea posible. Y aprender que estas oportunidades dejan de ser sólo posibles si nosotros las aprovechamos adecuadamente.

Mientras que el Romanticismo aboga por el obviamente imposible e inútil refugio en el pasado, velando con esta actitud su querella contra la sociedad, otras tendencias renunciaron al presente a favor de futuros portentosos o por un destierro a los mundos privados, “autistas”, el postmodernismo abrió su batalla campal directa y crudamente contra el presente. Aquí es donde la ideología y la práctica postmoderna se involucró patética pero inevitablemente con la destrucción.

Pero hay algo que se debe aclarar: una cosa es la rebeldía contra la racionalidad hipostaseada y normatizadora, enemiga acérrima del sujeto, y otra es la necia y dañina lucha contra la razón como generatriz de la autoconciencia, de condiciones adultas, condición fundamental no sólo para satisfacer las necesidades primarias, en nivel humano, sino también para poder dar respuestas válidas a las necesidades humanizantes del hombre. Si pensamos en los sórdidos conjuntos habitacionales de Varsovia, de Verona, de Chandigar o de Río de Janeiro (entre otros, tanto en el mundo pobre como en el rico) como signos de la “razón” universalizadora, mutiladora de particularidades, (individuales, colectivas y culturales), podemos entender que la verdadera racionalidad no tiene nada que ver con la otra, con aquella “razón”. Pero igual que el de la arquitectura, también podemos señalar el caso de la comida, la ropa, el cine -o traigamos el ejemplo de cualquier segmento de la vida-, y veremos que nuestra vida se simboliza por infinitos fenómenos pequeños o grandes y acontecimientos referentes de un mundo que oscila entre la imposición de la Razón deificada y la lucha contra ella, entre el enfrentamiento a sistemas obsoletos y la creación de nuevas posibilidades y nuevas realidades.

Gracias a la razón creativa y autoemancipatoria se renuevan y nos enseñan las ciencias; desde las “duras” hasta las “blandas” (las comillas se refieren a la realidad de la edificación cognitiva actual, que ya no acepta esta división sin-sentido), desde la filosofía hasta el psicoanálisis, desde la química hasta la historia, desde la mecánica cuántica hasta la antropología. Nos hacen la vida más posible, donde cada vez menos poblaciones se ven obligadas a ahogar sus dolores del hambre y de los padecimientos evitables, en guerras fratricidas, autoaniquiladoras. Podremos mirar con más libertad hacia el mundo de las ideas, hacia el mundo de las artes. Donde haya condiciones para analizar y para tomar responsabilidad sobre nuestra vida, aceptando serenamente que no somos dueños todopoderosos del universo, ni siquiera de nuestra propia existencia, pero tampoco somos exclusivos juguetes de las fuerzas adversas. Aprendemos, debemos aprender que las “locas pasiones” en lugar de liberarnos, nos reconducirían a infiernos de nuestras épocas. Así, entonces, como somos humanos cuando pensamos y cuando sentimos, se trata de un amalgama no sólo para el arte en particular, sino también para la condición de vida, en general.

No se puede considerar LA racionalidad como un enemigo frío, aburrido y aniquilante de la vida y LA pasión salvadora y sanadora; disponemos de la buena posibilidad de unirlas, reconociendo a ambas en su dialéctica, cosa que quizás el hombre del siglo XIX no pudo lograrlo. Nosotros disponemos de múltiples y ricos recursos para concluirlo.

La postmodernidad, como movimiento intelectual, ideológico y artístico de nuestros tiempos, nace por la década del ‘60, tal vez con el libro del arquitecto norteamericano, Venturi, Complejidad y contradicción, pero anteriormente había una obra de Le Corbusier, la iglesia de peregrinaje en Ronchamp, había pinturas del inglés Bacon, películas de cineastas como Herzog y Fassbinder. A donde quiero llegar es que a partir de la culminación de la Segunda Guerra Mundial (que realmente fue el segundo capítulo de una sola desvastadora y dilatada guerra y que terminó con la bomba expulsada sobre Hiroshima), el hombre, debilitado en su fe puesta en las gestiones y soluciones sociales y en la posibilidad de alcanzar un mundo feliz, enfrenta a todo desde donde siente irradiar las tendencias tipificadoras, nadificadoras. Y marcaría el fin de la postmodernidad (casi como una necesidad de cumplir con una convención de poner fechas concretas a los sucesos históricos) en l984, cuando en EE.UU. se organizó una exposición internacional de arquitectura, con el título Folies. Allí expusieron y se dieron cita grandísimas y muchas estrellas de la arquitectura, pero la producción era seriamente cuestionable. Se propuso diseñar una casa para el fin del siglo, y lo expuesto mostró al mundo, casas –por ejemplo-; una casa para un posible ataque nuclear, una casa para catar vino en el desierto o cuadros negros jugando con la palabra Folies.

Todo eso era el símbolo de una vacuidad, de un agotamiento, la patología de la Nada, de la impotencia, no sólo de la arquitectura involucrada con el postmodernismo, sino del postmodernismo mismo. Para responder a la rebelión de los Beatles la reina de Inglaterra los condecoró con el título de lord.

Quizás por cansancio, quizás por intereses brillantemente manipulados, quizás por miedo, quizás por lucidez, quizás por muchas otras cosas juntas y separadas, pasamos por un profundo agotamiento. El gran peligro había sido la posibilidad de caer en una pegajosa abulia, “soportando” el saber de que no se abre ningún abismo, que aquel estado anímico no nos compromete ni con el mundo ni con nosotros mismos, que no hay que ejercer la facultad de pensar ni la de sentir (sentir adulta y creativamente). Sólo era el melodrama de sí mismo.

El cine lo testimonia excelentemente este proceso. Por ejemplo, Saura, director de Mamá cumple cien años, de Ana y los lobos, produce ¡Ay Carmela! En general, nuestra época se destaca por una óptima técnica cinematográfica y por el debilitamiento de los valores conceptuales e ideológicos. Por supuesto y por fortuna, la época de “las obras de arte” hechas para mostrar el camino de las grandes soluciones, así como las películas que fueron “fabricadas” para dar grandes testimonios y ayudar en la lucha de la clase explotada contra los explotadores, etc., etc. Eso pertenece al difunto realismo socialista, engendro, que no es otra cosa que una versión “luchadora y politizada” del melodrama; los apóstoles del realismo socialista son quienes ahora lo santifican.

Las épocas de las grandes euforias y pasiones terminaron y advertimos que nos trampearon, principalmente porque nos dejamos trampear. Y aunque las añoremos, sabemos que así, de esa manera no sirven. Porque aquellas densas pasiones como movilizadoras de masas sirven para quienes quieren movilizar esas grandes masas. Las pasiones deben ser significados para construir una vida de mejores y mayores posibilidades, para enriquecer lo que uno está haciendo, en enseñar, en crear, en escribir una poesía. En entender y en sentir. El hombre debe luchar contra la abulia, contra la insensibilidad, pero también debe aprender a hacer cargo de sus pasiones, de no ser instrumento manipulable y manipulado en manos de otros, mediante sus propias pasiones.

El neoconservadurismo se aprovecha de este agotamiento, lo maneja, lo utiliza. Pero depende de nosotros que nos identifiquemos con este discurso que exalta la abulia y un mundo sin pasiones. Aquí está el desafío: revisar en qué quiere poner uno sus pasiones, su creatividad y su vida sin ser abúlico, sin renunciar, ni ser pesimista. ¿Es posible? Sin hacerlo, no se sabe. Su disyuntiva nos lleva hacia un camino mortal.

En cuanto al arte: hay géneros, como por ejemplo la pintura o la escultura, que en este momento no tienen condiciones destacables, obras fundantes. Eso no significa que no haya buenas, incluso excelentes, obras, pero no se configuran en un movimiento de propuestas nuevas. Hay otras artes que sí, las ofrecen, aunque su condición de arte se ve cuestionada constantemente (en un caso más, en otro menos), sin embargo hoy por hoy se incorporaron totalmente en el mundo del arte, en nuestro mundo cotidiano (tal vez por eso no les quieren otorgarles su condición de arte), en la manera de expresar del hombre de nuestra época. Arquitectura, paisajismo, urbanismo, diseño gráfico, diseño industrial, textil e indumentaria, fotografía; forman estas áreas que se entretejen desde lo inmediato y necesario en lo pragmático y desde lo simbólico-metafórico y necesario en lo conceptual, en lo abstracto.

La fuerza del instinto del Eros no tiene por qué simbolizarse exclusivamente por la pintura, por la escultura; puede hacer lo mismo, mediante el lenguaje específico, determinado, por ejemplo, por el diseño o por la arquitectura. Eso no significa que las artes que en este momento no son protagonistas estén condenadas a desvanecerse.

De todos modos, la época somos nosotros y si no resurge algo que está aletargado, también seremos los principales, si no los únicos responsables. Nosotros que escribimos, nosotros que no escribimos. Nosotros que elegimos una buena literatura, nosotros que devoramos “literatura” de poca costa. Nosotros que nos contentamos con una lectura pasiva y nosotros que participamos en la recreación de una obra, por medio de una lectura activa. De igual manera nosotros, tal vez los mayores, nos debemos preguntar, qué es lo que hicimos mal o insuficientemente para que en las hogueras se haya quemado la fe en la literatura, en la pintura o en las artes, digamos, tradicionales.

Para resumir algunas ideas y para terminar el artículo. Reconozco la importancia de la postmodernidad como vitalizante, como vivificante, como efervescente, como algo que habla en nombre del sujeto. Pero también reconozco que este proyecto, mejor dicho este no-proyecto (porque no tiene proyecto), esta misma pasión, esta misma propuesta, esta misma ética fue -porque se permitió- manipulada ya con tanta negación y rebeldía en nombre de la libertad que dañó gravemente a la libertad misma. Ahora reconocemos con mayor fuerza y con mayor complejidad la libertad interior, a partir de que se crea la metáfora. La creación de la metáfora es cuestión de coraje, cuestión de libertad. Hay metáforas de enorme diversidad. Hay metáforas hechas por Borges, otras por Yourcenar, otra por Rulfo, otras por… La lista es infinita, no hay género artístico que podría existir sin ella.

Las metáforas de uno mismo también existen, son aportes, son placeres, son creaciones. Son mis obras, las tuyas, de cada uno que enfrenta a la nada, a la renuncia del hacer. El coraje es el que determina no claudicar frente a la abulia, sino aprovechar de la postmodernidad que repito, no es una rebeldía contra la razón, sino contra la “razón” sin-razón, desarrollar la razón autoreflexiva, generadora y creativa, pues la humanidad no puede vivir sin ella. Así y sólo así podemos tener sentimientos que no son contra nosotros sino para nosotros.

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