Y con los tutsi ¿qué hacemos?

¿Los inicios? Dudosos. Dudosos, porque nadie puede abordar la Prehistoria sin saber que sólo puede hacerlo desde la incertidumbre. Las huellas son escasas, los datos difícilmente documentalizables. No nos queda otra que echar mano a las conjeturas, eso sí, a partir del paradigma existente, con rigor científico y con creatividad responsable.

Dudosos son también porque inexorablemente hunde sus raíces en una profundidad a donde sólo la religión –y no una sino cada una- logró penetrar con seguridad. Previamente, el mito, por lo que el mito es mito, formula una pregunta titubeante y construye respuestas ilógicas pues su gran tarea es producir quiebre en la edificación cognitiva imperante. La visceral confianza que deposita la criatura humana en un Creador lo absuelve de preguntar y lo contiene frente a la desesperante ausencia de respuestas.

De dónde venimos, a dónde vamos? A la eterna pregunta ni la filosofía, ni la ciencia, ni el arte puede responder. Siguen indagando y el resultado es que el presente puede alcanzar una mirada de mayor distancia hacia el pasado y que sabe que el futuro no es independiente de lo que se decida hacer ahora. Pero siempre, tras un nuevo saber, emerge un pasado todavía más lejano y un futuro irremediablemente incierto.

Del alambique de pseudosoluciones surgen dos productos principales, aunque lejos de ser los únicos. Uno es la Utopía, el otro es la ficcionalización del pasado, tomando el mito como documento histórico incuestionable, confundiendo la conjetura poética con la conjetura científica y, finalmente olvidando que las teorías vigentes con que miramos lo recorrido no son otras cosas que un par de anteojos –para valerme de la metáfora de John P. Briggs y F.David Peat-, nuevos en relación a paradigmas sumergidos en el pasado pero tampoco nuevos revolucionariamente, en comparación con las teorías que se producirán desde el paradigma que está por configurarse, con que primero el científico, luego el público observa, percibe e interpreta los fenómenos.

Un triángulo atroz
Si bien, la utopía durante muchos siglos, más bien milenios funcionaba como la gran promesa para la gran solución de todos los dolores y sufrimientos del hombre, su concepto y su validez, en nuestros días está experimentando una revisión crítica y saludable. Al decir utopía no se dice ni proyecto, ni fe en un camino para preparar un futuro más digno. La utopía es la fe incuestionable en llegar, estar y permanecer en un mundo feliz. Donde no existirán ni el dolor individual, ni la angustia ontológica, ni la injusticia social. Reinará el Bien para todos.

Al recorrer la historia de las utopías, trabajo que toman cada vez más científicos, se puede observar que ha habido ciertas utopías que nunca se acercaron a su realización, otras que han podido funcionar como motor y generador de energía, pero finalmente llegaron a aumentar precisamente lo que prometieron eliminar: la angustia del hombre y la injusticia social.

La utopía es la negación drástica de todos los lugares existentes, salvo de uno que forma parte del proyecto de quien la propaga y la impone. La ou-topia, ‘lugar no existente’, no contradice, al contrario, se complementa con la otra conjunción, con la eu-topia, es decir, el bienestar que reina en ella, en la ou-topia. Pues si no, ¿por qué ejercería una influencia tan potente, por qué fascinaría esta idea, la idea de la utopía, a millones y millones, desde los albores de la misma civilización?

Las utopías no han actuado incesantemente, su presencia no era ni suprahistórica ni extraterritorial, pero siempre estaba ofreciéndose como significante para los deseos de vivir no sólo mejor, sino para evitar el drama inherente a la existencia humana y a su sociedad.

En el polo opuesto del suponer la omnipresencia de una u otra utopía, se ubica la reducción tan común de la historia de la utopía a la República de Platón, a la isla de Thomas Moro, y al proyecto bolchevique revolucionario y postrevolucionario.

Para poder hacer frente a estos dos extremos opuestos, a su vez erróneos ambos, se debe tener en cuenta la infinita y permanentemente mutante lista de discursos, estructuraciones políticas, ideologías, religiones que se encargan de asimilarse a los más diversos tiempos y a las más distintas circunstancias.

Pues si Platón diseña y promueve un mundo perfecto –perfecto, así se creyó, para pocos, para los elegidos-, lo mismo prometen las religiones: las arcaicas y algunas existente hasta hoy. Había religiones que aseguraban la salvación por “selección natural”, determinada por el destino, y otras, que pautaban la salvación, según los méritos acumulados en este mundo. Entre estas últimas, en nuestra civilización, la más conocida es el cristianismo con su paraíso postmortem. También prometen la paz, la justicia y la felicidad, aunque de maneras diferentes, el budismo mahayánico, el hinduismo, el islamismo. El judaísmo y la versión original del budismo no lo hacen. No es casual que el judaísmo no es evangelizante, y el budismo tenía que transformarse para lograr aceptación masiva y expansiva.

A través de ellas se vislumbra como posible la vuelta al paraíso perdido, el orden del jardín que ya no se ve embestido por la maleza infinita. Pero las utopías terrenales tampoco toleran la maleza, por ello el fervor de convertir todo en orden finito, en el hogar seguro, en la permanencia garantida. Es la fusión comunitaria, la vuelta a la paz previa a Babel, pero también es la confianza frente a la desesperación de tener que aceptar –sin ventaja asegurada- al Otro. Es la seguridad de vivir sin riesgo, en la paz universal.

Los primeros viajeros europeos vuelven aportando al mundo occidental no sólo especias, oro o misteriosos tejidos, sino también fábulas. Fábulas, al mismo tiempo, de doble direccionalidad: informan sobre mundos oscuros de horror y sobre sus habitantes monstruosos e, indistintamente, sobre el buen salvaje y sobre su paraíso terrenal. La figura del Otro se configura con una fuerza nunca conocida hasta entonces.

No es que el Otro ya está provocando la descomposición del orden existente y como respuesta a este desastre surge el proyecto de la férrea unidad, sino que frente a la sospecha de la aparición del Otro, frente a la inminencia de la otredad, nace la utopía, como para evitarla, y con ello para demoler también todo lo que obstaculiza la expansión total del único orden válido. Es decir, no es un “remedio” para curar sino para prevenir.

Con la utopía, aparece fatalmente la quimera del fin de la Historia. Ni Hegel era el primero que habla sobre ello, como señala con lucidez P.Anderson, ni Fukuyama, el último. El triángulo del miedo al Otro – utopía – fin de la Historia se da –según se dijo anteriormente- desde los fines del nomadismo, desde la renuncia al nomadismo. Nace junto a la civilización, aunque después de cinco mil años (más o menos) también sabemos, que hoy la civilización precisamente lo es en cuanto este triángulo atroz se abre y se quebranta definitivamente. La ciencia moderna, desde sus más variadas áreas e incumbencias, se ofrece solidariamente. La energía gastada en la fascinación por la utopía podrá ser invertida en proyectos polivalentes, ricos en su complejidad; para enfrentar el caos, el exclusionismo del dominio de un solo posible podrá dejar lugar al inclusionismo de múltiples atractores caóticos como diversidad de caminos válidos pero hoy desconocidos; en lugar de anhelar o temer el fin final, tendremos las condiciones de aprender que los combates son de cada día, y sin renovar lo que es solución para hoy, será envejecida mañana.

La Historia: ¿ciencia o arte?
El paseante atraviesa. Dispone de dos miradas, ejerce dos miradas: la micro y la macro. Su atravesar sucede porque es su facultad el hacer el espacio. Su micro mirada se ancla en su lugar y ancla el lugar, su macro mirada en la idea del Universo. La micro es la inmediatez, es ser capturado por la parte así como vivir la parte, ser la parte; es el domino de la escala propia, es la dependencia del estímulo. Aunque la macro no es el Todo mas se arraiga en el anhelo por el volar hacia el Universalidad, es la transposición, es la férrea e intangible libertad de la idea. Y en el cribaje de ambas, se hace el Espacio.

El sujeto histórico atraviesa. Su atravesar sucede porque es su facultad el hacer el tiempo. Su micro mirada se ancla en su momento y ancla el presente, su macro mirada en el devenir para anclar la Historia. Y otra vez: la micro es la inmediatez, es ser capturado por la parte así como vivir la parte, ser la parte; es el domino de la escala propia, es la dependencia del estímulo. Aunque la macro no es el Todo mas se arraiga en el anhelo por el volar hacia la Universalidad, es la transposición, es la férrea e intangible libertad de la idea. Y en el cribaje de ambas se hace el Tiempo.

El paseante que atraviesa y el sujeto histórico es uno solo, se muele en el mismo cribaje pues él es quien produce el mismo cribaje: el TIEMPOESPACIO o si se quiere, el ESPACIOTIEMPO.

Es la ciencia que se hace cargo de la construcción de la macro mirada y de su reconstrucción incesante. Entretejiendo múltiples conocimientos, guiado por su propia teoría, valiéndose de los resultados de una búsqueda programada y de lo que echa a la costa la oleada del mar del azar, el historiador atraviesa las losas de edificaciones cognitivas previas, deconstruye otras historiografías, y porque las deconstruye no las demuele sino que separa la leyenda, la fábula, el mito, lo poético, lo ideológico de aquello que forma un núcleo de pruebas. La ciencia de la Historia debe marcar la diferencia -y no para atribuir valores, pontificar o condenar, desde un tribunal suprahumano- entre la realidad histórica y la ficción construida a partir de ella.

La memoria no es la facultad de recordar, obviamente tampoco es la de olvidar. La memoria es la dinámica de la estructura relacional constituida entre los dos. El hombre graba y graba perpetuamente en su soft, provocando en su disco rígido surcos, una vez más hondos, otra vez menos profundos. (Sin querer valerme –aquí y más adelante- de la insostenible y peligrosa, pero desafortunadamente expandida igualación entre la máquina y el ser humano)

Allí está todo lo que recuerda. Pero ¿qué pasara si este disco rígido nunca se aliviara de ningún surco, de ninguna huella? El olvido es que puede socorrernos de esta sobrecarga, del peligro funesiano. Pero hay una peor amenaza. Nietzsche traza el perfil de quien carece de esta facultad: el hombre resentido y vengativo, quien es incapaz de dar amor pero aúlla su exigencia por el amor a los cuatro vientos. Quien es impotente frente al Otro, al Otro necesitado, no obstante invade a todos los otros, concretos y énticos, con sus necesidades.

El olvido como una masa gelatinosa y amorfa, es el que faculta la otra tarea. Inunda con mayor o menor vehemencia el soft, y lo que se lleva ya es parte suya. Alivia y libera la existencia del recuerdo, permite la grabación de nuevas huellas. Dado el caso del triunfo del olvido, es decir una total anegación del soft, el hombre deja de existir como tal, pierde la palabra y se hunde en la amorfidad.

La calidad de la memoria se define por lo que queda y por lo que puede arrastrar aquella masa gelatinosa, por lo que se diluye irrecuperablemente y por lo que en caso necesario se vuelve a ser recuerdo. El historiador es quien tiene la tarea de vigilar la memoria social. Ser maestro de la memoria es su tarea: renunciar al mullido placer de rastrear por los deseos de hoy en los mundos de antes, renunciar al agitar las aguas del pasado por ideologías de hoy, a la baratija del anacronismo, al ejercicio de una ciencia bastardeada.

Ni La guerra y la paz de Tolstoi, ni José y sus hermanos de Th.Mann, ni Opus nigrum de Yourcenar, son documentos históricos en su sentido rigurosamente científico. Tampoco lo son El acorazado Potemkin de Eisenstein, El Gatopardo de Visconti, El séptimo sello de Bergman o Medea de Pasolini. Ni siquiera El hombre de Aran de Flaherty, El aniversario de la Revolución de Vertov o Noche y neblina de Resnais; ni siquiera –ya en otro registro- laBiblia, la Mahabarata, la Iliada y la Odisea de Homero o El mío Cid.

La lista, por fortuna, parece ser inabarcable: las obras de arte (y en este caso hablo sólo sobre literatura y sobre cine) que forman parte de lo mejor de la creación poética sobre el pasado aportan un incalculable valor a nuestro saber sobre tiempos más remotos o más cercanos. Lo pueden hacer desde las posibilidades inmanentes del arte. Aunque no sabemos mucho sobre los mundos épicos, pero disponemos de informaciones muy concretas sobre escritores y cineastas comprometidos con temas de la Historia. Según ellas, todos, pero todos estos grandes creadores, y sin excepción, antes de embarcarse en la realización de su proyecto, trabajan duro y largo tiempo con lo que brinda la ciencia historiográfica.

El arte, comprometido con la Historia, parte desde los documentos históricos, se documenta y a la vez documenta determinados períodos, reorganiza y reinterpreta datos, pasa de la macro mirada de la ciencia a la micro mirada de personas concretas, para sugerir, por medio del universo simbólico, una nueva y diferente macro mirada. Será tarea del historiador separar los dato tomados por ellos y sus recreaciones poéticas. Mientras la Historia, como ciencia, “no inventa, sino que organiza objets trouvés” ( Hobsbawm), la literatura y el cine (u otros géneros) al comprometerse con esta área temática, buscan susobjets trouvés –que valga el oxímoron- en lo que ofrece la Historia, pero no para clonizarlas sino para reinventarlas. Tal como el historiador, el artista que trabaja con un tema histórico también se compromete con la dinámica del recuerdo y el olvido, pero su función no es separarlos para señalar el lugar de cada fenómeno y redimensionar los datos, sino a partir del proceso recorrido por la ciencia, recrear y simbolizar los hechos históricos, sin el arduo y aséptico deber de dividir lo que es la verdad sucedida y la verdad interpretada. Si bien, tanto la ciencia como el arte producen saberes y verdades, “el arte miente para decir la verdad” (Aristóteles), no obstante, la Historia, para decir la verdad, debe empeñarse en no mentir. O como nos dice Gorgias: “La tragedia floreció y fue aclamada porque constituyó un relato y un espectáculo maravillosos para los hombres de entonces y porque produjo con sus mitos y con sus pasiones un engaño, de tal naturaleza que quien cae en él se hace más justo quien no incurre en el mismo, y quien es engañado se hace más sabio que quien no se deja engañar.”

¿Éramos tan felices?
Nada de lo que sucede se engendró en el momento de su nacimiento. Nada de lo que duele carece de causas que echan sus raíces en los tiempos pasados. Las adversidades del presente han sido laboriosamente preparadas desde antes, y a su vez es el presente el que puede ir labrando las mejorías del futuro. Pero si la macro mirada en lugar de enriquecer, impide la visión analítica de rigor científico, tanto el pasado como el futuro podrán vislumbrarse como paraísos perdidos o paraísos por venir, queda exclusivamente el presente como el valle de lágrimas, lugar de condena, tiempos de sufrimiento. Y todo inmerecido.

No hace mucho tiempo, los años sesenta aparecen como la década de la felicidad. Jóvenes que nacieron entonces o después, en forma creciente, expresan nostalgia por ella. No es inexplicable el fenómeno. Quienes ya vivieron y pensaron en aquel entonces, pueden recordar, si así lo quieren, que tan maravillosos no eran aquellos años. Pero se agitaba, como pocas veces, la euforizante idea que la victoria final ya está al alcance de la mano. Y no, pues no existe una victoria final. ¿Victoria de qué sobre qué? ¿Sobre el cáncer, como pintaba Siqueiros? ¿Sobre la naturaleza? Preguntemos a los pobladores de las regiones de bosques deforestados, o a los que viven junto a los diques, construidos en los desiertos, o a quienes pasaron hambre por haber sembrado trigo en tierras congeladas. ¿Sobre la pobreza? ¿Sobre el hambre? ¿Sobre la explotación? ¿Sobre la injusticia, la ignorancia, la escandalosa desigualdad? ¿Sobre el espacio o sobre el Universo? Las respuestas que se podrían recoger hacer evidente los errores de aquel mundo extasiado y “maravilloso”. Mientras se miraba hacia la conquista del espacio no había energía para mirar al costado. La macro mirada fagocitó la micro mirada. Los fracasados no pueden soportar que otras generaciones puedan encarar su vida más honesta y más provechosamente. Otra vez el resentido nietzscheano.

En el año 1968 se publica la novela 2001, una odisea espacial de Arthur C.Clark. Pero realmente la historia de esta obra comienza antes. Kubrick, al conocer los tres libros de Clark, escritos entre 1948 y 1952, de carácter sci-fi, lo convocó, en 1964, para trabajar como coautor del guión para su película sci-fi. Esta historia todos la conocemos hasta el hartazgo, por lo que no me propongo entrar en detalles. A partir del guión ya terminado, titulado provisionalmente como de Journey Beyond the Stars, se logró el contrato con la Metro Goldwyn Mayer, y después de tres años de preproducción, en 1965 se inicia la filmación. La obra fue estrenada en 1968. El tiempo equivalente al presente (como intercalado entre el pasado y el futuro de la misma película), sucede en 1968. Éxito universal.

¿Qué sucedió en los últimos años de los 60?

Sólo algunos datos:

En la ONU, fracasa el intento de lograr el acuerdo sobre la no proliferación de armas nucleares;

La crisis en Checoslovaquia; en la URSS se impone la “doctrina Breznev” cuya confirmación básica es la subordinación de la soberanía de un Estado comunista a los intereses de la comunidad socialista;

En Bélgica triunfa el Gobierno de coalición (socialcristianos, socialistas);

En Francia: Mayo de París; se realiza el primer ensayo nuclear de la bomba H.

La 3° guerra árabe-israelí, conocida como la de los Seis Días;

Auge de la Gran Revolución Cultural del Proletariado en China; crisis en las relaciones sino-soviéticas;

Japón se convierte en la tercera potencia industrial del mundo;

Nacimiento del Khmer Rojo en Camboya;

Comienzan los bombardeos del Vietnam del Norte;

Disturbios raciales y estudiantiles en EE.UU.;

Los norteamericanos Amstrong y Aldrin llegan a la Luna, a bordo del Apolo 11, después de que el soviético Yuri Gagarin, en 1961, haya sido el primero que viajó en el espacio.

Los Beatles llegan a la cúspide y la reina de Inglaterra les otorga la MBE;

Se inventa y se impone la minifalda;

Che Guevara es asesinado en Bolivia;

En América latina, en Asia y principalmente en África, se generalizan los golpes militares;

Cruenta guerra civil en la República de Biafra

El neocolonialismo se disfraza de descolonialización, según ilustra este proceso la metáfora de Fredric Jameson: “algo así como el reemplazo del Imperio Británico por el FMI”.

Edad de oro de los escritores de espionaje y de terror

La economía se convierte en dominante de la política.

Se inicia la Revolución Verde.

Se universaliza el pathos revolucionario como ética de la polis y, también, la del ‘oikos’.

Se convierten en corpus social permanente el estructuralismo, el psicoanálisis, el situationnalisme y la utopía espacial.

La práctica política toma -cada vez más- forma de guerrilla, cada vez más globalizada.

Regis Debray redimensiona y potencializa su teoría del foquismo en su Revolution in the revolution?

Pasolini realiza –entre otras obras- Apuntes para un film sobre India, Amor y Rabia y Apuntes para una orestiada africana y escribe, el 19 de julio de 1968, en la revista Caos: sobre Kenia,

diez años después de que este país logró obtener su independencia, tras una sangrienta lucha de guerrilla, conocida como Mau Mau: “Tom Mboya, después de la independencia, se convirtió en un moderado y ha terminado por pagar sus posiciones neocolonialistas. Es posible que desde entonces estuviera apoyado por los ingleses. Seguro que lo ha matado un joven negro (que hace diez años sería un niño) en nombre de la nueva libertad. Todas las guerras de liberación tienen este triste final. En todo el mundo, sea cual fuere el país en que piense, contemplo un paisaje de guerras de liberación que terminan en la desilusión y la restauración. ¿Sucederá lo mismo en Vietnam? ¿Cómo preveerlo de otro modo? En consecuencia, ¿qué sentido tiene vivir, si no es el mantenernos leales, desesperada y quizás obcecadamente, a la primera idea de la libertad que de jóvenes nos impulsa a la acción.”

Luego, el 18 de octubre en 1969, en el mismo periódico así comenta: “Detesto el silencio de los soberbios. Detesto también la prosa inquieta y apresurada . Pero mejor la prosa inquieta y apresurada que el silencio. Un hombre ha de luchar al mismo tiempo en varios frentes y se alza a distintas alturas (…) Pero también tiene importancia el día en que se vive. Es, por definición, el lugar de lo ‘cotidiano’. ¿Ha de fingir el escritor que es eterno, grande, que se encuentra fuera de tiempo y que utiliza lo ‘cotidiano’ sólo si se eleva a categoría estilística?”

En el off de su película Amor y rabia, al relatar y mostrar los horrores de las guerras tribales y raciales, entre segmentos poblacionales o religiosos, de África, Pasolini acuña la expresión “inocencia feroz”. Pues entendía que aquella “inocencia” y aquella “ferocidad” han sido consecuencia de la ferocidad de otros, tal vez aparentemente menos bestial, pero con ella impidieron que estos “inocentes” puedan dejar de serlo y que por su propio camino aprendieran arreglar sus asuntos entre sí, de manera diferente

Pequeñas historias para leer con vergüenza

El buen rey Leopoldo
Un buen día, por allí, a los mediados del siglo, al buen rey Leopoldo, soberano de Bélgica, se le antojó tener una colonia. Después de contratar al aventurero Stanley y de los tejes y manejes políticos, logró ser reconocido en la Conferencia de Berlín (1884-1885), como dueño de Lulaba-Congo. Es verdad que este inmenso y fabulosamente rico territorio no era de él, ni siquiera de Bélgica; era propiedad de una miríada de tribus, pueblos, culturas, entre ellos, la de los o hutus (bantús), invadidos y vencidos por guerreros tutsi, procedentes de Etiopía, hace cuatro siglos. Pero, para hacerlo más complicado, la mayoría de los tutsi siguen poblando, hasta hoy, territorios actualmente pertenecientes a Burundi, Ruanda, Tanzania y Uganda, mientras en Zaire (ex República Democrática del Congo) sólo vive el 15-17%.

El amor del buen rey Leopoldo por todo lo que podía ser rapiñado cruelmente de aquellos territorios, adquirió prontamente fama y también por la brutalidad de los medios que aplicó para sostener su orden occidental y cristiano.

El corazón del buen rey belga latía por la unidad de estos pueblos, entre sí distantes o incluso históricamente enemigos, y fue capaz de valerse de cualquier crueldad para conducir a estos pueblos revoltosos al amor fraternal, para que vivan en paz y armonía. Era tan bueno el buen rey Leopoldo.

Aquella colonia belga se distinguía por la particularidad de que siendo una de las más ricas, recibió lo menos de sus patrones. Tan poco que, por ejemplo, sólo pocos lograron obtener escolaridad secundaria, incluso primaria. Llegar al título universitario era totalmente excepcional. A los mediados del siglo XX, comienzan las luchas independistas. Tal vez todavía nos significan algo nombres como Lumumba o Kasabuvu.

Cosas que hacen los niños malos
Hace cincuenta años que estos países, con el trágico protagonismo de los hutus y tutsis sufren de un permanente caos, en el sentido más literario de la palabra. Resulta ser imposible el seguimiento preciso de los acontecimientos. Sólo algunos hechos:

1.En la década de 60 se ingresó en la región un poderoso volumen de armas, desde los países del primer mundo. Esta parte de África es codiciada no sólo por su extraordinaria riqueza natural, sino por su ubicación geopolítica.

2. En Burundi, “(…) en 1972, los tutsi habían matado, en sólo un mes, a casi todos líderes hutus y a cualquier otro hutu que pareciera alfabetizado. De esa manera, si bien constituían sólo alrededor del 15 por ciento del pueblo, durante las dos décadas siguientes los tutsi controlaron la administración pública, el ejército y, dentro del sistema unipartidario, los niveles superiores del gobierno.” (R. Wrangham/D.Peterson)

3. En 1994, como nos informa John Carlin en las páginas del español El País (15 de abril de 2001) “en un pequeño país africano, Ruanda, se perpetraba una de los mayores exterminios de seres humanos jamás conocido desde la época nazi. A un ritmo de 333 asesinatos de cada hora, descuartizados a golpe de machetazo, aquel genocidio se cobró la vida de 800.000 personas de la etnia tutsi, de ellas 300.000 niños.”

La cadena de horror está lejos de concluir. No hay año sin masacres, la mayoría de las veces con turbios y difícilmente explicables motivos: unos contra los otros, con machete, con gasolina, con armas viejas o ultramodernas. No se enteraron que las grandes potencias se reúnen en lujosas salas de congreso, representados por cada vez más elegantes señores y señoras, para elaborar una paz global. Siguen matándose.

¿Qué pasó con las dos monjitas?
¿Y Bélgica? Bien. Tampoco se quedaron atrás en el tiempo. Ya no colonizan. Al contrario, luchan por los derechos humanos. Ya abrieron 11 casos procesionales por los genocidios de Ruanda. El 17 de abril de este año, se inició en Bruselas un juicio contra cuatro hutus: dos monjas católicas que colaboraron con las bandas armadas, en 1994, dándoles gasolina para quemar a los tutsis refugiados en su convento; un profesor universitario de física y un industrial.

La insoportable carga del no-ser
Y mientras que todas estas cosas suceden, se realizó la película y luego la novela de 2001, una odisea en el espacio. Éxito internacional, éxito taquillero y duradero. La novela es una mala novela. Científicamente es insostenible: no por sci-fi un relato puede arrogarse el derecho de cometer errores garrafales en contra los conocimientos científicos incluso ya bien generalizados. Su sumamente pobre estructura narrativa, finalmente la convierte en un algo soporífero. Su ideología es patética: pretende ser un furibundo nietzschiano y termina siendo una caricatura de la cosmovisión hegeliana. ¿O al revés? ¡Qué sé yo! Tampoco me interesa analizarlo más profundamente.

¿La película? Padece de los mismos pecados que la novela y, a la vez, se adquiere nuevos. Su guión es débil y sustituye los eslabones del relato por prestidigitación técnica, pero precisamente por ser utilizada la técnica como reemplazo, esta misma técnica ya es colmadamente superada. A pesar de su éxito, cada vez más hay voces que confiesan haberse sentido con tedio al mirarla; la generación más joven ya directamente se despreocupa de ella.

Pero eso pasa con muchas películas. En sí no es un problema excepcional. La lista de películas y novelas de esta índole es infinita; pero el problema de 2001, una odisea espacial

adquiere otra dimensión. Alimenta la desesperación del hombre, alimenta su despreocupación por su presente. Su mitologización del pasado no es mitopoyético, y para asegurar fuertes emociones se vale una infalible banda sonora: R.Strauss, J.Strauss, Kachaturian, Ligeti. Música de fuerte pathos. Recordémonos de observaciones sobre la música, de filósofos, entre sí tan distantes, como por ejemplo Nietzsche y Lukács, o escritores como Gide o Th.Mann, por ejemplo, según quienes la música es el arte que por su propia esencia carece de ética. Cito a Lukács: “(…) su avasalladora fuerza, que le permite –incluso en circunstancias desfavorables- crecer hasta una verdadera grandeza y ejercer efectos avasalladores incluso sobre receptores que por lo común se cierran a tales contenidos, tiene su fundamento precisamente en ello. Pues la misión de la interioridad en la vida del género humano consiste precisamente en esto: no preocuparse de la posibilidad de realización práctica, no preocuparse del destino histórico de las exigencias confusamente contenidas en los sentimientos, sino desplegar esa sensibilidad cósmica puramente y sin inhibiciones, en la medida en que aquellos sentimientos puedan ser en la vida exigencias del día y de la época, hasta hacer de ellos un ‘mundo’ maduro y completo. (…) En este terreno crece la específica profundidad de la música, un florecimiento sin freno de aquellos sentimientos, al que el mundo externo, con su velocidad, su estructura evolutiva, etc., no pone obstáculo alguno.”

En Doctor Faustus, la gran novela manniana de la música, el autor opina que “La música es un terreno demoníaco. (…) La música es arte cristiano con signo negativo. Es al mismo tiempo orden calculadísimo y contrarrazón caótica, rica en gestos de encanto y conjuro, número mágico, el arte más alejado de la realidad y, al mismo tiempo, el más apasionado, abstracto y místico.” Desde aquí se aclara más una de las cuestiones nodales de la obra de Th.Mann-Visconti: Muerte en Venecia. Un dato: mientras Th.Mann escribía en los Estados Unidos su Doctor Faustus, no sólo se dedicó, con una admirable disciplina, a profundizar sus conocimientos sobre la música, sino que “se supervisó” permanentemente con T.Adorno. Es decir, estableció los límites de su pathos desde la ciencia.

Sobre el pasado se puede hablar sin serios marcos de la ciencia de la Historia sólo a partir de una total irresponsabilidad, o a partir de la mala voluntad. No me propongo a establecer los porcentajes de esta mezcla en 2001, pero sí, defender la ciencia y su relación con el arte.

Pues sólo con eso se puede trazar límites entre lo que es arte, que trasciende el efectismo, la mala conciencia, la moda, la seducción con efectos garantidos, de algo que no lo es , que a pesar de sus manejos de tecnologías avanzadas es conservadora, a pesar de valerse hábilmente de particularidades lingüísticas de determinado género

¿Pero qué será el nodo de su éxito? La promesa de la posibilidad de evadir la condición humana. Ya Parménides sabía que “… el pensar y el ser son una misma cosa”. Y sí este privilegio contrae el saber sobre la inexorable finitud de la vida, evitándolo, podemos engañarnos con utopías. Hagamos una ecuación: pensar = ser y no pensar = no-ser; si la promesa es la eternidad, al lado de eso el pensar=ser=conciencia sobre nuestro rol, nuestra posibilidad, sobre nuestros límites y nuestro destino, es desesperante. Si se cree que el ser sólo es ser en la eternidad, si el ser sólo es convertirse en dios, la condición humana torna a ser insoportable al vislumbrar que no lo somos y no lo seremos. Frente a ello cualquier falacia que nos “resuelve” el drama de la existencia va a ser aplaudido. Tenga forma de marcha con antorcha o del eterno renacimiento cósmico, va a eliminar esta insoportable levedad del no-ser. A pesar de su oferta “epistemológica” demencial y de su solución “ontológica” abyecta, o más bien precisamente por eso, se convierte en mercadería solicitada y engullida.

Si aceptamos que pensar=ser=conciencia sobre nuestro rol, nuestra posibilidad, sobre nuestros límites y nuestro destino, y lo asumimos, debemos buscar más bien crear la dignidad de vivir en este mundo, sin el pathos de la eternidad y sin el pathos del eterno odio por no tenerla, entenderemos que es inmoral hablar sobre una utopía cósmica en la que personajes –soviéticos y norteamericanos, o quienes sean- se reúnen en estaciones espaciales para hablar amistosamente sobre buceo, sobre vacaciones, mientras mandan armas a pueblos que realmente no comparten ni sus amores ni sus odios, y por su “inocencia feroz” tampoco pueden elegir o rechazarlo, ni entenderlo, ni valerse de ello. Pero ¿No hay indemnización y desagravio hacia estos pueblos? ¿No hay que rendir cuenta sobre nada que fue expoliado, saqueado, robado? ¿Sobre los terribles y por de pronto irreparables daños causados en la red social de la mayor parte de la población mundial

Noticias

Noticia grave para meditar
23 de marzo de 2001 (a partir del diario El País):Los rusos viven con angustia el final de la estación espacial Mir, cuya caída es vivida por la población de Rusia como un símbolo del de la decadencia del país. El cosmonauta Strekálov llama a recordar a “lo que nos une: el orgullo por nuestras grandes conquistas comunes.” Durante los 15 años de la permanencia en el espacio del Mir, un verdadero gigante mecano de 135 toneladas, se desmoronó la Unión Soviética. Otra vez se hizo evidente que “el universo no se deja arrebatar sus secretos sin cobrar por ello un alto precio”. Un detalle que se ofrece como símbolo: El prólogo (de la descomposición del Mir) se había escrito el 6 de noviembre de 1996, cuando se averió el aparato que recicla los residuos orgánicos, una especie de retrete espacial que se atascó justo cuando ya estaban repletos los contenedores de excrementos. Una nave de carga llevó semanas después los equipos necesarios para efectuar la reparación, y la tripulación (un norteamericano y dos rusos) pudo celebrar la Navidad con relativa normalidad”. Es decir, sin flotar en la mierda. (Perdón)

Pequeño vocabulario: ‘mir’, vocablo ruso, que tiene dos significados al mismo tiempo: mundo, universo y también paz;

Noticia grandiosa para extasiarse de vuelta
10 de marzo de 2001 (a partir del diario El País): El transbordador Discovery se acopla con éxito a la Estación Espacial Internacional (ISS) y con eso lleva al cabo el primer relevo de su tripulación y descarga el módulo logístico italiano Leonardo. Con un coste de cerca de 100.000 millones de dólares, hasta el 2006, la ISS, en que colaboran 16 países, es el proyecto más ambicioso que se ha acometido hasta ahora. Las fotos muestran la alucinante imagen del módulo Destiny tras acoplarse a Discovery; al cosmonauta ruso Sergei Krikalyov atendido por la norteamericana Susan Helms y abrazado por el también ruso Yuri Gidzenko, tras entrar en el Destiny.

Pequeño vocabulario: ‘discovery’ significa descubrimiento, revelación; ‘destiny’, destino; Leonardo se refiere al pintor Leonardo da Vinci.

Noticia alegre para turismo
28 de abril de 2001 (a partir del diario El País): La nave rusa Soyuz TM-32 fue lanzada hacia la ISS con el estadounidense Dennis Tito; el multimillonario es el primer turista espacial de la historia, cumpliendo así el sueño de toda su vida. Elige el vehículo ruso, porque en EE.UU. fue rechazada su propuesta. Y como el sueño de la vida de cada uno tiene alguna relación con sus posibilidades, nuestro Dennis pagó por el suyo la módica cifra de 20 millones de dólares. ¿Qué tal? Vale la pena soñar.

Pequeño vocabulario: ‘soyuz’, en ruso, quiere decir unidad, alianza.

Pregunta
Y con los tutsi ¿qué hacemos?

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