La Autora

Nací en 1939, en Budapest, junto con la Segunda Guerra Mundial. ¡Triste coincidencia! Mis primeros años de vida fueron signados por los bombardeos, por el hambre desesperante, por la muerte que rondaba siempre alrededor de todos sin mirar la edad, sin mirar responsabilidad o inocencia. Aprendí qué es la guerra pero también que vivir es un privilegio. Si la infancia es una candorosa alegría, no la tuve; si es una enseñanza para los años por venir, sí, se me fue dada. Holgadamente.

Luego los tiempos de la posguerra, la división del mundo entre poderes para quienes mi existencia era apenas un número en la población súbdita. La felicidad y la confianza eran obligatorias, y aunque sus motivos podían ser cambiantes, con frecuencia hasta contradictorios entre sí, siempre lejanos de uno, siempre universales, por lo menos decretados como tales, aprendí, precisamente debido a ello, el anhelo por algo más humano, en cuya creación yo también puedo formar parte. Mis estudios eran mis refugios.

Siguiendo lo preestablecido, atravesé las instancias primarias y secundarias. Con mucho placer por ciertas asignaturas, y con visceral rechazo por otras. Pero siempre y estoicamente cumplí con todas, pues hacerlo era un histórico mandato instalado en un mundo que cargaba con el destino de ser siempre frontera, siempre en el borde entre existir a partir de su cultura auténtica o diluirse en los abrazos de los más fuertes. Siempre en la criba entre lo que se quiere y lo que se puede.

Vivía en mundos prodigiosos: infinitas horas de lectura y música me trasladaban a espacios y tiempos, más allá de los diferentes tipos de fronteras trazadas. Aquella luminosa libertad siempre estaba en mi disposición. También los museos, con sus tesoros. El teatro y el cine no dependían del gusto y la necesidad estética de los espectadores, la mayoría de las veces tenían que cumplir otros objetivos, pero también había maravillas. Siempre agradezco a mis padres y a muchos profesores su enseñanza sobre el valor del arte. Sobre el arte que merece ser llamado como tal. Sobre que el gusto, después de todo, se cincela por uno mismo.

1956… fin de la inocencia. Parecía que todos los caminos se bloquearon irremediablemente. Hasta me preguntaba que si tiene sentido refugiarse en aquellos mundos mágicos. No obstante, las estructuras culturales otra vez ayudaban con su orden. En el horizonte de la ciencia, y particularmente en las llamadas humanísticas, encontré el camino de buscar las ideas que para mí eran necesarias. Empecé la Universidad. Eran años de castigo y vigilancia, sin embargo se me abrieron otras puertas, se vislumbraron otros posibles. Me pasaba lo mismo que en mis estudios anteriores: en muchas materias experimentaba la felicidad, el asombro, el descubrimiento, la rotura de saberes ya instalados, la aventura de construir e incorporar nuevos. También cumplí con lo que no me gustaba, hasta se puede decir, bien, pues mis promedios siempre eran destacables. En cinco años me recibí. Después algunos postgrados, después el doctorado. Y ya nada era como antes. También tenía a mi primer hijo. Mi hija ya nació en Buenos Aires, donde me radiqué en 1969. Después decidí nacionalizarme. Desde 1982 soy ciudadana argentina.

No fue Europa que me dio la posibilidad de poner mi saber en circulación. No hablo sobre una simple transmisión. Hablo sobre algo mucho más. Pues transmitir algo acumulado es sólo clonar lo que se acumuló una vez. En última instancia, eso sólo puede causar el entumecimiento propio y su multiplicación. Hablo sobre un conjunto de saberes libre y honestamente pensados y dichos delante de los otros, generando con ello una dinámica y una tensión del intelecto que para mí significa libertad. Eso es lo que me dio Argentina. Aprender a pensar con libertad. Libertad de crear nuevas teorías, libertad de exponerlas, escribirlas, enseñarlas, libertad de equivocarme y corregirlas o cambiarlas.

Más allá de los oscuros años de la Dictadura Militar sanguinaria, más allá de sistemas económicos y financieros imperdonablemente erróneos, más allá de graves fallas éticas, públicas o privadas, recibí las miradas llenas de preguntas, el silencio lleno de sed de saber. Se me otorgó un espacio de libertad para pensar, crear y para tener confianza de poder mejorar este mismo mundo. Podría mencionar mil maravillas de mi ciudad, de Buenos Aires, de sus calles, de sus edificios, de sus cafés. Otras tantas de personas concretas a quienes amo, de su increíble capacidad de solidaridad, de su cultura sorprendente de la otredad, de su creatividad. También de los tan variados espacios que pueden existir gracias a todo ello. Podría hablar sobre los bellos infinitos de los paisajes argentinos, sobre sus teatros, sobre su tango. Sobre su tan corta y tan curiosa historia. Podría hablarle sobre su literatura, sobre el idioma de los argentinos, sobre las inapreciables costumbres noctámbulas. Sería interminable. Como lo serían las valencias que construye una persona después de mucho tiempo en cualquier lugar. Pero estas son los vasos comunicadores que hace tantos años hemos creado: yo y mi mundo.

Ahora, a los setenta años, aunque desconcertada y angustiada por lo que sucede en el mundo, afortunadamente descreída de las utopías, sabiendo que las grandes e imposibles promesas sólo aparentan ser solución pero finalmente destrozan a quienes confiaban en ellas, sé que el destino humano es irresolublemente difícil pero siempre puede ser mejorado, con honda confianza en la cultura. Y, finalmente, tengo una profunda y serena convicción de que es necesario y es posible esforzarse para que la vida sea más justa.

 

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